miércoles, 18 de mayo de 2011

Crimen y Castigo de Fiodor Dostoyevski

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (Moscú, 11 de noviembre 1821 - San Petersburgo, 9 de febrero 1881) es uno de los principales escritores de su época en la Rusia Zarista; la literatura de Dostoyevski explora la psicología humana en el complejo contexto político, social y espiritual de la sociedad rusa del siglo XIX. Walter Kaufmann citó las Memorias del subsuelo (1864), escritas con la amarga voz del anónimo «hombre subterráneo», como «la mejor obertura para el existencialismo jamás escrita». En el mismo sentido, el prestigioso intelectual y escritor austriaco Stefan Zweig consideró al escritor ruso como «el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos». Su obra, aunque escrita en el siglo XIX, refleja al hombre y la sociedad de hoy. Sigmund Freud dijo en su obra Dostoievski y el parricidio que el capítulo de «El gran inquisidor», de la novela Los hermanos Karamazov, era una de las cumbres de la literatura universal.

Fiódor Dostoyevski no siempre tuvo una vida basada en la literatura, primeramente, por decisión de su padre, Fiódor ingresó a la Escuela de Ingenieros Militares, en San Petersburgo. La noción y fascinación por la literatura surgió tras la muerte de su padre y su graduación.La primera obra de cuya publicación se tiene constancia fue Pobres gentes, publicada a comienzos de 1846 en formato epistolar, obteniendo buena respuesta de parte del público y crítica. A esta obra le siguió El doble, Noches blancas,Niétochka Nezvánova, Humillados y ofendidos, Recuerdos de la casa de los muertos, Memorias del subsuelo....



La historia narra la vida de Ródion Raskolnikov, un estudiante de derecho en la capital de la Rusia Imperial, San Petersburgo. Este joven ve trabados sus sueños por la miseria en la cual se ven envueltos él y su familia, debiendo congelar sus estudios por falta de dinero. En búsqueda de dinero llega a conocer a una vil y egoísta anciana, la cual ejerce el oficio de prestamista.

Raskolnikov, a pesar de su pobreza, decide asesinar a la anciana, no con el fin de robarle -lo que se refleja en el hecho de que regala a una familia desconocida todo su dinero para que entierren al padre, el oficial Marmeladov- sino por considerarla un ser humano inútil para la sociedad, un piojo que sólo puede entorpecer a quienes la rodean. Sin embargo, la posición de Raskolnikov es mucho más compleja: ha asumido que la sociedad se halla divida en dos tipos de seres humanos; aquellos superiores que tienen derecho a cometer crímenes en pro del bienestar general de la sociedad y aquellos inferiores que deben estar sometidos a las leyes, cuya única función es la reproducción de la raza humana. La única justificación moral que puede tener la acción de Raskolnikov es que él sea un hombre superior, en cuyo caso no ha de sentir ningún tipo de arrepentimiento por su acción. La culminación psicológica del libro ocurre cuando Raskolnikov se ve perseguido por su arrepentimiento, el que le demuestra que no puede convertirse en un hombre superior y que por lo tanto pertenece al tipo de hombre que tanto desprecia. Raskolnikov se entrega a la autoridades aun cuando no existe ninguna prueba contra él y un inocente se ha declarado culpable, víctima de las presiones policiales. Es enviado a las cárceles en Siberia para cumplir su condena y Sonia (hija de Marmeladov) se va con él a acompañarlo al presidio, en donde Raskolnikov se da cuenta de que la ama y que quiere terminar su condena para vivir junto a ella.

fuente:Wikipedia

....Raskolnikof se desabrochó el gabán y sacó el hacha del nudo corredizo, pero la mantuvo debajo del abrigo, empuñándola con la mano derecha. En las dos manos sentía una tremenda debilidad y un embotamiento creciente. Temiendo estaba que el hacha se le cayese. De pronto, la cabeza empezó a darle vueltas.
Pero ¿cómo demonio has atado esto? ¡Vaya un enredo! exclamó la vieja, volviendo un poco la cabeza hacia Raskolnikof.

No había que perder ni un segundo. Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y, sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de la vieja.


Raskolnikof creyó que las fuerzas le habían abandonado para siempre, pero notó que las recuperaba después de haber dado el hachazo.


La vieja, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, grises, ralos, empapados en aceite, se agrupaban en una pequeña trenza que hacía pensar en la cola de una rata, y que un trozo de peine de asta mantenía fija en la nuca. Como era de escasa estatura, el hacha la alcanzó en la parte anterior de la cabeza. La víctima lanzó un débil grito y perdió el equilibrio. Lo único que tuvo tiempo de hacer fue sujetarse la cabeza con las manos. En una de ellas tenía aún el paquetito. Raskolnikof le dio con todas sus fuerzas dos nuevos hachazos en el mismo sitio, y la sangre manó a borbotones, como de un recipiente que se hubiera volcado. El cuerpo de la víctima se desplomó definitivamente. Raskolnikof retrocedió para dejarlo caer. Luego se inclinó sobre la cara de la vieja. Ya no vivía. Sus ojos estaban tan abiertos, que parecían a punto de salírsele de las órbitas. Su frente y todo su rostro estaban rígidos y desfigurados por las convulsiones de la agonía.


Raskolnikof dejó el hacha en el suelo, junto al cadáver, y empezó a registrar, procurando no mancharse de sangre, el bolsillo derecho, aquel bolsillo de donde él había visto, en su última visita, que la vieja sacaba las llaves. Conservaba plenamente la lucidez; no estaba aturdido; no sentía vértigos. Más adelante recordó que en aquellos momentos había procedido con gran atención y prudencia, que incluso había sido capaz de poner sus cinco sentidos en evitar mancharse de sangre... Pronto encontró las llaves, agrupadas en aquel llavero de acero que él ya había visto.


Corrió con las llaves al dormitorio. Era una pieza de medianas dimensiones. A un lado había una gran vitrina llena de figuras de santos; al otro, un gran lecho, perfectamente limpio y protegido por una cubierta acolchada confeccionada con trozos de seda de tamaño y color diferentes. Adosada a otra pared había una cómoda. Al acercarse a ella le ocurrió algo extraño: apenas empezó a probar las llaves para intentar abrir los cajones experimentó una sacudida. La tentación de dejarlo todo y marcharse le asaltó de súbito. Pero estas vacilaciones sólo duraron unos instantes. Era demasiado tarde para retroceder. Y cuando sonreía, extrañado de haber tenido semejante ocurrencia, otro pensamiento, una idea realmente inquietante, se apoderó de su imaginación. Se dijo que acaso la vieja no hubiese muerto, que tal vez volviese en sí... Dejó las llaves y la cómoda y corrió hacia el cuerpo yaciente. Cogió el hacha, la levantó..., pero no llegó a dejarla caer: era indudable que la vieja estaba muerta....


lunes, 2 de mayo de 2011

¿ Acaso no matan a los caballos? de Horace McCoy


Horace McCoy (Pegram, Tennessee, 14 de abril de 1897 – Beverly Hills, Condado de Los Ángeles, California, 15 de diciembre de 1955) fue un escritor estadounidense de novelas hard-boiled situadas en el periodo de la Gran Depresión. Su novela más conocida es They Shoot Horses, Don't They? (¿Acaso no matan a los caballos?, 1935), que dio origen a una película del mismo título (Danzad, danzad, malditos, 1969).

Entre 1919 y 1930 trabajó como periodista deportivo para el Dallas Journal en Texas, y a finales de los años 20 empezó a publicar historias del género pulp. Durante la Depresión, McCoy se trasladó a Los Ángeles en un intento por ser actor. Como tal trabajó en The Hollywood Handicap (1932). Uno de sus trabajos en Santa Mónica le proporcionó inspiración para una de sus obras más conocidas, They Shoot Horses, Don't They? (¿Acaso no matan a los caballos?), que narra un maratón de baile. Otras novelas con elementos autobiográficos son I should have stayed home (Luces de Hollywood), sobre un joven actor que intenta encontrar trabajo en el Hollywood de los años 30, y No pockets in a shroud, sobre un heroico y poco apreciado reportero.

fuente:Wikipedia

Robert y Gloria al igual que miles de personas llegan a Hollywood en busca de una oportunidad que le haga salir de la miseria en que viven. Son los años de la Gran Depresión, los años 30 y mientras esperan una oportunidad participan en un maraton de baile que parece una forma facil de obtener dinero rapido.


...Me puse en pie. Por un instante vi nuevamente a Gloria sentada en aquel banco del muelle. El proyectil le había penetrado por un lado de la cabeza; ni siquiera manaba sangre de la herida. El fogonazo de la pistola iluminaba todavía su rostro. Todo fue de lo más sencillo.

Estaba relajada, completamente tranquila. El impacto del proyectil hizo que su cara se ladeara hacia el otro lado; no la veía bien de perfil pero podía apreciar lo suficiente para saber que sonreía. El fiscal se equivocó cuando dijo al jurado que había muerto sufriendo, desvalida, sin amigos, sola salvo por la compañía de su brutal asesino en medio de la noche oscura a orillas del Pacífico.

Estaba muy equivocado. No sufrió. Estaba completamente relajada y tranquila y sonreía. Era la primera vez que la veía sonreír. ¿Cómo podía decir pues el fiscal que sufrió? Y no es verdad que careciera de amigos.

Yo era su mejor amigo. Era su único amigo. Por tanto, ¿qué era eso de que no tenía amigos?

lunes, 18 de abril de 2011

El ropero de las mujeres de Manolo Martinez


Manolo Martinez (Carmona, 1963), reune en este libro sus colaboraciones en la prensa local y algunos cuentos y poemas. Un batiburrilo - como El ropero de las mujeres, según su autor-. donde conviven reflexiones sobre temas triviales, con la opinión sobre serios asuntos locales y de otros ámbitos, de carácter social, politico y cultural; en el que dibuja son soltura humor e ironia, perfiles de entrañables personajes de Carmona.

... Frente al Teatro Cerezo, en el corazón de la calle San Pedro, entre jeringos, churros o calentitos, Chari Bella se gana la vida.

Lectora incasable, transforma su negocio en sala de Lectura (sin moquetas, ni silencio, ni iluminación estudiada).

El orto es la sirena que avisa del inicio de una jornada de trabajo. Agua, harina, sal, levadura, aceite, fuego y tiempo.

Todo ello medido con la sapiencia de nuestras abuelas: la pizca, el puñadito, el chorrito. En Este mundo obsesionado con una malsana actitud, donde todo es medible y pesable en milímetros, perviven como una bocanada de aire fresco las medidas que marca el corazón.


Espirales de masa frita giran vertiginosas, en ese infierno redondo llamado perol. Entre cliente y cliente cambia el papel de estraza por el fino papel del libro de turno. Hasta en los papeles hay clases.
En tres metros cuadros, ocio y negocio; pasamos del trabajo a esa impensable biblioteca, fronteriza al calor del perol.
En cada rueda de jeringos va un pensamiento, que compra por el mismo precio el cliente, sin saberlo. Masticamos con la masa frita un sinfin de palabras escritas en el aceite con dos enormes estilográficas ardientes.
Junto al manjar matutino, su conversación, sin levadura que exagere el contenido, ni aditivos que disfracen la materia prima: el buen sentido.
Saber hacer de lo cotidiano algo diferente es un arte reservado para algunos privilegiados. Es aprender a exprimir el finito limón de la vida, es poner en práctica esa sabia máxima de Carpe diem: aprovecha el momento.

En la tahona de tu sonrisa

Me gusta meterme en tu risa

y cerrar la puerta.

Se está bien aquí dentro,
tanto, como para vivir en ella
el resto de mis días.

Es tu risa una paloma
que zurea en mi almohada
mientras camina la noche.

Es el mástil, donde
entreveradas co nuestras tormentas,
sobreviven tus caricias.

Es la sierpe que me roedea,
y me envenena el deseo,

sin la venia de mi orgullo.


Me gusta pisarle los pies al pasado
y revivir la tarde de los viernes
que nos aliviaban de la rutina,
al mostrarnos
los muslos turgentes
del fin de semana.

Mientras tú tiendes,
sin alfileres que lo coarten
mi amor,
para que crezca, sin levadura,

en la tahona de tu sonrisa.


Este relato y esta poesía forman parte de "El Ropero de la mujeres," espero que disfrutéis de su lectura.

sábado, 2 de abril de 2011

Carmona a vuela pluma, edición de Antonio Montero Alcaide

José María Requena Barrera (Carmona, Sevilla, 18 de abril de 1925 - Sevilla, 13 de julio de 1998) es un novelista, poeta, ensayista y periodista español.

Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y graduado en Periodismo por la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid. Fue fundador junto a un grupo de jóvenes poetas sevillanos de la revista Guadalquivir, primera tras la postguerra civil española.

En 1955, con "La sangre por las cosas", logra ser finalista del Premio Adonáis de poesía y dicha obra se publica en la prestigiosa Colección Agora. Su primer destino periodístico fue en La Gaceta del Norte, de Bilbao, que le retuvo en tierras vascas hasta 1964, año en que regresa a Sevilla, primero como subdirector de El Correo de Andalucía y entre 1975 y 1978 como director, en plena transición política española. A partir de 1978, apartado del periodismo activo, se dedica de lleno a la producción literaria. Antes, en 1972, había obtenido el Premio Nadal de novela con su primera obra, "El cuajarón". A este premio se suman otros, como el Premio Aljarafe de cuentos por su obra "La cuesta y otros cuentos", en 1979. En 1981 obtiene el Premio Villa de Bilbao con su novela "Pesebres de caoba", y en 1983 el Premio Luis Berenguer de novela con "Las naranjas de la capital son agrias". En 1985, consigue el Ciudad de Granada, con su novela "Agua del sur". En 1992 obtiene el Premio Ciudad de Sevilla de Periodismo.

fuente:Wikipedia

Este libro, cuya edición ha realizado Antonio Montero Alcaide, reune, a modo de peculiar antología, textos con los que José María Requena colaboró en distintas revistas y publicaciones de Carmona, desde el año 1945 hasta 1997, así como algunos escritos inéditos.


...En Carmona le conocen todos por Fernando el de la necrópolis. Es un viejo huesudo y girocho que se pasea ya por las sabias cornisas de los ochenta, vestido siempre con esa telilla rayada y ligera que viene a ser uniforme para los gañanes del bajo Guadalquivir. Mas de medio siglo lleva este hombre sencillo y solemne en aquel cementerio romano donde cumple funciones de guarda, de guia de turismo y hasta de cosechero de almendras, que maduran entre tumba y tumba.

Con tan sólo sus primeras letras y un par de libros sobre la Carmona arqueológica, se ha mantenido en aquel paisaje con la alegre tozudez de quien sabe en lo suyo, en aquel lugar y modo para el que se nace. Y en este sentido, no importa que Fernando el de la necrópolis viniera a la vida sin más perspectivas que la de la arada y la siega o la dura recogida de la aceituna. Sin conocer siguiera la fachada de un institunto de enseñanza media, y sin más cultura que la de la sangre, como su hubiera dicho Garcia Lorca, se enfrentó con las excavaciones de don Jorge Bonsor allá por los años últimos del pasado siglo.

Y Fernando no volvió más a los olivares ni a los cortijos. Se sintió llamado por todo aquello que resucitaba del fondo de la tierra; por aquellas estatuas y aquellos abalorios arrancados de entre raíces....
Y para cuando fue levanto el edificio del museo, ya era casi antigua aquella casita de un solo piso y de corte hortelano en la que Fernando sigue viviendo todavia. Y deletreando, deletraando, se aprendió de memoria y de entusiasmo toda la minima erudición que se precisa para enseñar y explicar la importancia de su necrópolis.

Y, por supuesto, Fernando es solemne en el andar, en el decir, y en los gestos. Seria absurdo negar que Fernando provocara la risa del visitante en el fondo mismo de la primera tumba, cuando traduce una inscripción latina. Aparece el gañan Fernando cuando engola el tono de voz para recitar una frase de lengua muerta, que él considera muertísima para conocimiento de todos los turistas que no sean curas o catedraticos....

viernes, 18 de marzo de 2011

Amor se escribre sin hache de Enrique Jardiel Poncela

Enrique Jardiel Poncela, Madrid, 15 de octubre de 1901 – Madrid, 18 de febrero de 1952, fue un escritor y dramaturgo español. Su obra, relacionada con el teatro del absurdo, se alejó del humor tradicional acercándose a otro más intelectual, inverosímil e ilógico, rompiendo así con el naturalismo tradicional imperante en el teatro español de la época.

Esto le supuso ser atacado por una gran parte de la crítica de su tiempo, ya que su humor hería los espíritus más sensibles y abría un abanico de posibilidades cómicas que no siempre eran bien entendidas. A esto hay que sumar sus posteriores problemas con la censura franquista. Sin embargo, el paso de los años no ha hecho sino acrecentar su figura y sus obras siguen representándose en la actualidad, habiéndose rodado además numerosas películas basadas en ellas. Murió de cáncer, arruinado y en gran medida olvidado, a los 50 años.


Amor se escribe sin hache fue su primera novela (1.929) donde nos cuenta en clave de humor una historia de amor, con grandes dosis de ironía, en que los dos protagonistas pasean sus sentimientos por algunas ciudades europeas.

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Decir "te quiero, amor mío", o cualquier otra cosa semejante, siempre me ha costado mucho trabajo. No sé a qué achacar esto, porque es preciso advertir que cuando he querido, he querido con toda el alma: o lo que es igual, he hecho sufrir de lo lindo a las predilectas de mi corazón. (¿Sadismo? ¡A lo mejor!).

No tengo preferencia por las rubias o por las morenas, pues ya dije otra vez que los tintes no me interesan lo más mínimo. Me gustan las mujeres de expresión altiva. (¿Masoquismo? ¡Vaya usted a saber!).
Soy fetichista, como todo sensual.

Sobre las mujeres tengo ideas que no se parecen en nada a las prístinas. En la adolescencia las mujeres me parecían hermosas, buenas y superiores al hombre. Hoy el hombre y la mujer me parecen igual de miserables. Hace años se me antojaba una monstruosidad el que la Iglesia hubiera vivido siglos enteros sin reconocer la existencia del alma femenina. En la actualidad, opino que la Iglesia tenía razón y que reconoció la existencia del alma en la mujer demasiado pronto.

He dicho antes que nunca me he dirigido a ninguna mujer, porque a la mujer, como al cocodrilo, hay que cazarla y la caza es un deporte que no me interesa; esforzarse por lograr una mujer me parece una pérdida de tiempo semejante a la de darle a comer a una ternera el contenido de una lata de sardinas en aceite. Don Juan Tenorio no era, a mi juicio, ni un caso clínico ni un héroe; era, sencillamente, un cretino sin ocupaciones importantes. La mujer que aspire a que la quiera, suponiendo que esa mujer exista, que no lo dudo, tiene que venir a buscarme, como vinieron las anteriores, pues en eso ya he dicho que estoy muy mal acostumbrado, y entonces ya veremos si nos entendemos. Además, con respecto a ellas, sostengo un criterio cerradísimo: o se acomodan a mí, a mis gustos, a mi carácter y a mis aficiones, o me hago un nudo en el corazón y las digo adiós con melancólica entereza.

Una mujer que no se acomoda a nosotros tiene menos valor que un lavafrutas, aunque sea Friné rediviva; porque "la mujer ideal", que ilumina nuestra existencia y la simplifica y la allana, es acreedora a todo pero "la mujer real", que nos la oscurece, y la complica, y la llena de obstáculos, únicamente merece que la tiremos por el hueco del ascensor. (Creo que Larra ganó en prestigio muriéndose del pistoletazo que se disparó, pues al suicidarse por el desvío de una mujer demostraba que su privilegiado cerebro había entrado en el período de la decadencia.)

Sólo en un aspecto es la mujer inferior al hombre. En el aspecto de que estando en la obligación de personificar la ternura, la paz, la comprensión, la dulzura, la paciencia; estando en el deber de alegrarle y facilitarle la vida al hombre, se esfuerza en hacer todo lo contrario. (Y a causa de esto, es digna de las censuras más agrias.)

El hombre, ofuscado y cegado por la belleza femenina, ha exaltado a la mujer...




miércoles, 2 de marzo de 2011

El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez

Gabriel José de la Concordia García Márquez (Aracataca, Colombia, 6 de marzo de 1927), es un novelista, cuentista, guionista y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Gabriel García Márquez ha sido inextricablemente relacionado con el realismo mágico y su obra más conocida, la novela Cien años de soledad, es considerada una de las más representativas de este género literario. En 2007, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron una edición popular conmemorativa de esta novela, por considerarla parte de los grandes clásicos hispánicos de todos los tiempos. El texto fue revisado por el propio Gabriel García Márquez.

.../..Desde que la vio por primera vez cuando fue a su casa a llevarle un telegrama, Florentino Ariza se enamoró de Fermina Daza y comenzó a conquistarla con sus apasionadas cartas y a mirarla desde un banco del parque frente a su casa. Ella se negó por un tiempo a corresponderle, después sucumbiría a ese amor, y es cuando encuentra la oposición del padre, quien la envía lejos para que lo olvide. Después de un período, cuando ella regresa y ve a Florentino, se desilusiona de ese amor platónico y lo rechaza. Al poco tiempo conoce al doctor Juvenal Urbino, quien había llegado de París al finalizar sus estudios de medicina. Después de un noviazgo breve, animada por su padre y aunque no estaba enamorada de él, se casan. Se van seis años de viaje a Europa y regresa embarazada de su primer hijo, cambiada y como una feliz pareja que ha tenido tiempo de enamorarse. Durante este lapso Florentino ha pensado en ella todo el tiempo y, a pesar de que incumple su promesa de mantenerse virgen para ella, pues tiene cantidad de relaciones amorosas, sigue enamorado y decidido a que algún día ella será para él, es decir, cuando muera el esposo.../..

fuente: Wikipedia

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Era imposible saber si fue Europa o el amor lo que los hizo distintos, pues las dos cosas ocurrieron al mismo tiempo. Ambos lo eran, y a fondo, no sólo con ellos mismos sino con todo el mundo, como lo percibió Florentino Ariza cuando los vio a la salida de misa dos semanas después del regreso, aquel domingo de su desgracia. Volvieron con una concepción nueva de la vida, cargados de novedades del mundo, y listos para mandar. Él con las novedades de la literatura, de la música, y sobre todo las de su ciencia. Trajo una suscripción de Le Figaro, para no perder el hilo de la realidad, y otra de la Revue des Deux Mondes para no perder el hilo de la poesía. Había hecho además un acuerdo con su librero de París para recibir las novedades de los escritores más leídos, entre ellos Anatole France y Pierre Loti, y de los que más le gustaban, entre ellos Remy de Gourmont y Paul Bourget, pero en ningún caso Émile Zola, que le parecía insoportable, a pesar de su valiente irrupción en el juicio de Dreyfus. El mismo librero se comprometió a mandarle por correo las novedades más seductoras del catálogo de Ricordi, sobre todo de música de cámara, para mantener el título bien ganado por su padre de primer promotor de conciertos en la ciudad.

Fermina Daza, siempre contraria a los rigores de la moda, trajo seis baúles con ropas de tiempos diversos, pues no la convencieron las grandes marcas. Había estado en las Tullerías, en pleno invierno, para el lanzamiento de la colección de Worth, el ineludible tirano de la alta costura, y lo único que consiguió fue una bronquitis que la tumbó cinco días en la cama.

Laferriére le pareció menos pretencioso y voraz, pero su decisión sabia fue arrasar con lo quemás le gustaba en las tiendas de saldos, a pesar de que el esposo juraba aterrado que eran ropas de muertos. Así mismo, trajo cantidades de zapatos italianos sin marca, que prefirió a los renombrados y extravagantes de Ferry, y trajo una sombrilla de Dupuy, roja como los fuegos del infierno, que dio mucho de qué escribir a nuestros asustadizos cronistas sociales.

Sólo compró un sombrero de Madame Reboux, pero en cambio llenó un baúl de racimos decerezas artificiales, ramilletes de cuantas flores de fieltro le fue posible encontrar, ramazones de plumas de avestruz~ morriones de pavorreales, colas de gallos asiáticos, faisanes enteros, colibríes, y una variedad innumerable de pájaros exóticos disecados en pleno vuelo, en plenogrito, en plena agonía: todo cuanto había servido en los últimos veinte años para que los mismos sombreros parecieran otros. Trajo una colección de abanicos de diversos países del mundo, y uno distinto y apropiado para cada ocasión. Trajo una esencia perturbadora escogida...



viernes, 18 de febrero de 2011

El túnel de Ernesto Sabato

Ernesto Sabato (Rojas, Provincia de Buenos Aires, 24 de junio de 1911 - Santos Lugares, 30 de abril de 2011) fue un escritor, ensayista, físico y pintor argentino. Escribió tres novelas: El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador, e innumerables ensayos sobre la condición humana.

Ernesto Sábato nació el 24 de junio de 1911 en la ciudad de Rojas, Provincia de Buenos Aires, Argentina, hijo de Francesco Sabato y Giovanna María Ferrari. Ambos eran inmigrantes italianos de origen arbëreshë provenientes de Calabria. El padre era de Fuscaldo y la madre de San Martino di Finita. Su familia pertenecía a la clase media y el propio Sabato la definió como "clásica y jerárquica". Sobre ellos, declaró a uno de sus biógrafos: "Mi padre era severísimo y yo le tenía terror, mi madre me escondía debajo de la cama matrimonial para evitarme un castigo...

fuente:Wikipedia


"El túnel" es una novela de estructura psicológica, presenta en el personaje de María Iribarne la comprensión de la totalidad y el absoluto a la vez que las zonas ocultas de misterio que impulsarán a Juan Pablo Castel a asesinarla. El pintor, al dar forma a su obsesión interna, debe renunciar a cualquier otra opción, en un proceso a la vez constructivo y destructivo que centrará el análisis de las motivaciones del crimen. Obra esencial de Ernesto Sabato, El túnel nos entrega los elementos básicos de su visión metafísica del existencialismo. Es una obra en la que abunda el pesimismo en cada diálogo o pensamiento de los personajes.

"El túnel", como llamó Sabato a su libro, es lo oscuro del alma, lo que el hombre pretende conocer como la verdad.


"...en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío".


Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.
Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ¡Cuántas veces he quedado plastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial!. Pero la verdad es que no siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es pernicioso?. Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción. Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo siga destilando su veneno y que en vez de eliminarlo se quiera contrarrestar su acción recurriendo a anónimos, maledicencia y otras bajezas semejantes. En lo que a mí se refiere, debo confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco.
Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva.

No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.
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