miércoles, 2 de febrero de 2011

La madre de Maximo Gorki

Máximo Gorki, o Maxim Gorki 28 de marzo de 1868 - Moscú, 18 de junio de 1936 fue un escritor ruso identificado con el movimiento revolucionario soviético.
De 1932 a 1990 su ciudad natal (Nizhny Nóvgorod) llevó el nombre de Gorki en su honor.

Aleksei Peshkov fue hijo de un tapicero que con mucho trabajo y esfuerzo mejoró más tarde su posición social. El joven Gorki, por su parte, a muy corta edad comenzó a desempeñarse en oficios variados hasta que decidió abandonar el hogar paterno para hacer su vida independiente. En el transcurso de 18 años, desde 1875 hasta 1893, el autor trabajó como empleado de pintor, ayudante de panadero, camarero de barco, empleado de ferrocarriles y hasta como vendedor de bebidas.

Toda la experiencia acumulada a lo largo de sus correrías, enriquecería más tarde el bagaje temático del escritor. De hecho, sus vivencias y las de las personas con quienes trabajó y convivió dieron vida a los relatos de sus obras autobiográficas Infancia, Entre los hombres y Mis universidades.

De hecho, una de sus experiencias, su permanencia como pasante de abogado, fue la que despertó su gusto por la literatura y su interés por la cultura. En adelante, la lectura fue actividad crucial en sus días y más tarde dio vida a sus primeras narraciones: Makar-Tchudra (1892) o Tchelkach (1895).

Fuente:Wikipedia


Creer y creer ciegamente en una verdadera y posible revolución, capaz de mejorar la existencia del hombre era el sueño de Máximo Gorki y así que inspirándose en los sucesos de la fabrica de Sornovo durante la revolución rusa de 1905, Gorki escribe La madre. Gorki tenia un sueño, un ideal social al que seria fiel hasta el final de sus días Gorki soñó con hacer posible la consecución de una verdadera mejora de la vida social de los obreros brutalmente castigados por la época de la industrialización.


.../..

-Quiero saber la verdad.
Su voz era baja pero firme, y sus ojos brillaban de obstinación. En su corazón, ella comprendió que su hijo se había consagrado Para siempre a algo misterioso y terrible. Todo, en la vida, le había parecido inevitable: estaba acostumbrada a someterse sin reflexionar, y solamente se echó a llorar, dulcemente, sin encontrar palabras, el corazón oprimido por la pena y la angustia.

-¡No llores! -dijo Paul con voz tierna; pero a la madre le pareció que le decía adiós.
-Reflexiona, ¿qué vida es la nuestra? Tú tienes cuarenta años, y, sin embargo, ¿es que verdaderamente has vivido? Padre te pegaba... Comprendo ahora que se vengaba sobre ti de su propia miseria, de la miseria de la vida, que lo ahogaba sin que él comprendiese por qué. Había trabajado treinta años; empezó cuando la fábrica no tenía más que dos edificios, ¡y ahora tiene siete!

Ella escuchaba con terror y avidez. Los ojos de su hijo brillaban, hermosos y claros; apoyando el pecho en la mesa, se había acercado a su madre, y tocando casi su rostro bañado en lágrimas, decía por primera vez lo que había comprendido. Con toda la fe de la juventud y el ardor del discípulo, orgulloso de sus conocimientos en cuya verdad cree religiosamente, hablaba de todo lo que para él era evidente; y hablaba menos para su madre, que para verificar sus propias convicciones. Algunos momentos se detenía, cuando le faltaban las palabras, y entonces veía el afligido rostro en el que brillaron los ojos bondadosos, llenos de lágrimas, de terror y de perplejidad. Tuvo lástima de su madre, y siguió hablando, pero esta vez de ella, de su vida.

-¿Qué alegrías has conocido tú? ¿Puedes decirme qué ha habido de bueno en tu vida?
Ella escuchaba y movía tristemente la cabeza: experimentaba el sentimiento de algo nuevo que no conocía, alegría y pena, y esto acariciaba deliciosamente su corazón dolorido. Era la primera vez que oía hablar así de ella misma, de su vida, y aquellas palabras despertaban pensamientos vagos, dormidos hacía mucho tiempo; reavivaban dulcemente el sentir apagado de una insatisfacción oscura de la existencia, reanimaban las ideas e impresiones de una lejana juventud. Contó su niñez, con sus amigas, habló largamente de todo, pero, como las demás, no sabía más que quejarse: nade explicaba por qué la vida era tan penosa y difícil. Y he aquí que su hijo estaba allí sentado, y todo lo que decían sus dos, su rostro, sus palabras, todo aquello llegaba a su corazón, la llenaba le orgullo ante su hijo que comprendía tan bien la vida de su madre, le hablaba de sus sufrimientos, la compadecía.

No suele compadecerse a las madres.
Ella lo sabía. Todo lo que decía Paul de la vida de las mujeres era la verdad, la amarga verdad; y palpitaban en su pecho una muchedumbre de dulces sensaciones, cuya desconocida ternura confortaba su corazón.

-Y entonces, ¿qué quieres hacer?
-Aprender, y luego enseñar a los otros. Los obreros debemos estudiar. Debemos saber, debemos comprender dónde está el origen de la dureza de nuestras vidas.

Era dulce para la madre ver los ojos azules de su hijo, siempre serios y severos, brillar ahora con tanta ternura y afecto. En los labios de Pelagia apareció una leve sonrisa de contente, mientras en las arrugas de sus mejillas temblaban aún las lágrimas. Se sentía dividida interiormente: estaba orgullosa de su hijo, que tan bien veía las razones de la miseria de la existencia; pero tampoco podía olvidar que era joven, que no hablaba como sus compañeros, y que se había resuelto a entrar solo en lucha contra la vida rutinaria que los otros, y ella también, llevaban. Quiso decirle: «Pero, niño..., ¿qué puedes hacer tú?»

Paul vio la sonrisa en los labios de su madre, la atención en su rostro, el amor en sus ojos; creyó haberle hecho comprender su verdad, y el juvenil orgullo de la fuerza de su palabra, exaltó su fe en sí mismo. Lleno de excitación, hablaba, tan pronto sarcástico como frunciendo las cejas; algunas veces, el odio resonaba en su voz, y cuando su madre oía aquellos crueles acentos, sacudía la cabeza, espantada, y le preguntaba en voz baja:
-¿Es verdad eso, Paul?
-¡Sí! -respondía él con voz firme.

Y le hablaba de los que querían el bien del pueblo, que sembraban la verdad y a causa de ello eran acosados como bestias salvajes, encerrados en prisión, enviados al penal por los enemigos de la existencia.
-He conocido a estas gentes gritó- con ardor: son las mejores del mundo.
Pero a su madre la aterrorizaban, y preguntaba una vez más a su hijo: «¿Es verdad eso?»

No se sentía segura. Desfallecida, escuchaba los relatos de Paul sobre aquellas gentes, incomprensibles para ella, que habían enseñado a su hijo una manera de hablar y de pensar, tan peligrosa para él...

martes, 18 de enero de 2011

Una habitación propia de Virginia Woolf

Adeline Virginia Woolf (Stephen de soltera; Londres, 25 de enero de 1882 – Lewes, Sussex, 28 de marzo de 1941) fue una novelista, ensayista, escritora de cartas, editora, feminista y escritora de cuentos británica, considerada como una de las más destacadas figuras del modernismo literario del siglo XX.

Durante el período de entreguerras, Woolf fue una figura significativa en la sociedad literaria de Londres y un miembro del grupo de Bloomsbury. Sus obras más famosas incluyen las novelas La señora Dalloway (1925), Al faro (1927) y Orlando: una biografía (1928), y su largo ensayo Una habitación propia (1929), con su famosa sentencia «Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción». Fue redescubierta durante la década de 1970, gracias a este ensayo, uno de los textos más citados del movimiento feminista, que expone las dificultades de las mujeres para consagrarse a la escritura en un mundo dominado por los hombres.../..

fuente:Wikipedia


Pero, me diréis, le hemos pedido que nos hable de las mujeres y la novela. ¿Qué tiene esto que ver con una habitación propia? Intentaré explicarme.Cuando me pedisteis que hablara de las mujeres y la novela, me senté a orillas de un río y me puse a pensar qué significarían esas palabras. Quizás implicaban sencillamente unas cuantas observaciones sobre Fanny Burney; algunas más sobre Jane Austen; un tributo a las Brontë y un esbozo de la rectoría de Haworth bajo la nieve; algunas agudezas, de ser posible, sobre Miss Mitford; una alusión respetuosa a George Eliot; una referencia a Mrs. Gaskell y esto habría bastado. Pero, pensándolo mejor, estas palabras no me parecieron tan sencillas.

El título las mujeres y la novela quizá significaba, y quizás era éste el sentido que le dabais, las mujeres y su modo de ser; o las mujeres y las novelas que escriben; o las mujeres y las fantasías que se han escrito sobre ellas; o quizás estos tres sentidos estaban inextricablemente unidos y así es como queríais que yo enfocara el tema. Pero cuando me puse a enfocarlo de este modo, que me pareció el más interesante, pronto me di cuenta de que esto presentaba un grave inconveniente. Nunca podría llegar a una conclusión. Nunca podría cumplir con lo que, tengo entendido, es el deber primordial de un conferenciante:
entregaros tras un discurso de una hora una pepita de verdad pura para que la guardarais entre las hojas de vuestros cuadernos de apuntes y la conservarais para siempre en la repisa de la chimenea.

Cuanto podía ofreceros era una opinión sobre un punto sin demasiada importancia: que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela. He faltado a mi deber de llegar a una conclusión acerca de estas dos cuestiones; las mujeres y la novela siguen siendo, en lo que a mí respecta, problemas sin resolver. Mas para compensar un poco esta falta, voy a tratar de mostraros cómo he llegado a esta opinión sobre la habitación y el dinero. Voy a exponer en vuestra presencia, tan completa y libremente como pueda, la sucesión de pensamientos que me llevaron a esta idea. Quizá si muestro al desnudo las ideas, los prejuicios que se esconden tras esta afirmación, encontraréis que algunos tienen alguna relación con las mujeres y otros con la novela. De todos modos, cuando un tema se presta mucho a controversia —y cualquier cuestión relativa a los sexos es de este tipo— uno no puede esperar decir la verdad. Sólo puede explicar cómo llegó a profesar tal o cual opinión. Cuanto puede hacer es dar a su auditorio la oportunidad de sacar sus propias conclusiones observando las limitaciones, los prejuicios, las idiosincrasias del conferenciante. Es probable que en este caso la fantasía contenga más verdad que el hecho.

Os propongo, por tanto, haciendo uso de todas las libertades y licencias de una novelista, contaros la historia de los dos días que han precedido a esta conferencia; contaros cómo, abrumada por el peso del tema que habíais colocado sobre mis hombros, lo he meditado e incorporado a mi vida cotidiana.../..

domingo, 2 de enero de 2011

El bosque animado de Wenceslao Fernández Flóres

Wenceslao Fernández Flórez (La Coruña, 11 de febrero de 1885 - Madrid, 29 de abril de 1964) fue un escritor, periodista y humorista español.
Hijo mayor de Fernando José Augusto y de María Josefa de Todos los Santos, la muerte de su padre cuando tenía quince años le obligó a dejar los estudios y trabajar como periodista.

Empezó en el diario coruñés La Mañana y posteriormente colaboró en El Heraldo de Galicia, Diario de A Coruña y Tierra Gallega. A los 17 años dirigió el Semanario La Defensa de Betanzos, prensa contra el capitalismo feroz y a favor de los Agraristas, durante un año y con tan sólo 18 años dirigió el Diario Ferrolano que en aquella época era el diario más actualizado tecnológicamente. Después pasó a dirigir El Noroeste de La Coruña. En 1913 fue a Madrid como empleado en la Dirección General de Aduanas, pero abandonó ese cargo para trabajar en El Imparcial y poco después en 1914 ABC, donde empezó a publicar sus "Acotaciones de un oyente", una serie de crónicas parlamentarias que le hicieron muy famoso, y que luego reunirá en Crónicas parlamentarias (1914-1936). También escribió en El Liberal y Tribuna. Desde Madrid continúa manteniendo relaciones con el diario La Mañana y con la prensa gallega.

En 1913 es el primer verano que pasan en San Salvador de Cecebre, toda la familia a excepción de su hermana que había fallecido recientemente. Después de conocer la belleza del espacio y del paisanaje vendrán todos los años hasta el final de sus días, primero a la casa de Carmen en Piñeiro y finalmente se establecerán en su casita en el apeadero 14, hoy Casa Museo y Centro de interpretación del escritor, bajo los auspicios de su Fundación, de la Diputación de la Coruña y del Ayuntamiento de Cambre...

fuente: Wikipedia


...Éste es el libro de la fraga de Cecebre.
San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena. Para representar gráficamente su suelo bastaría entrecruzar los dedos de ambas manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de pendientes suaves. Ni llanuras ni tierras ociosas. Gente honesta que no desdeña ni el vino nuevo ni las costumbres antiguas, y cuyo vago amor a lo extraordinario les impele a buscar en el Santoral los nombres que juzgan más infrecuentes o más bellos al bautizar a sus hijos. Parece que está en el fin del mundo, pero en los días de noroeste el aullido de las sirenas de los transatlánticos que anclan en La Corana llega hasta allí, salvando quince kilómetros, y aviva en el alma de los labriegos esa ansia de irse que empujó a los celtas por toda Europa en siglos de penumbra, y los reparte hoy por ambos hemisferios.

En el idioma de Castilla, fraga quiere decir breñal, lugar escabroso poblado de maleza y de peñas. Pero tal interpretación os desorientaría, porque fraga, en la lengua gallega, significa bosque inculto, entregado a sí mismo, en el que se mezclan variadas especies de árboles. Si fuese sólo de pinos o sólo de castaños o sólo de robles, sería un bosque, pero ya no sería una fraga.

Cuando un hombre consigue llevar a la fraga un alma atenta, vertida hacia fuera, en estado —aunque transitorio— de novedad, se entera de muchas historias. No hay que hacer otra cosa que mirar y escuchar, con aquella ternura y aquella emoción y aquel afán y aquel miedo de saber que hay en el espíritu de los niños. Entonces se comprende que existe otra alma allí, infinitas almas; que está animado el bosque entero; almas infantiles también, pequeñitas y variadas, como mariposas, y que se entienden, sin hablar, con la nuestra, como se entienden entre sí los niños pequeñitos que tampoco saben hablar. Pero los hombres suelen llevar rayada ya —como un disco gramofónico— la superficie endurecida de su ánimo, con sus lecturas y sus meditaciones, con sus placeres y sus ocupaciones, con sus cariños y sus aborrecimientos. Y van de aquí para allá, pero siempre suenan lo mismo, como sonaría el disco en aparatos diversos, y ellos no pueden escuchar nunca más que la propia voz de su vida ya cuajada. Es en vano que pasen de la montaña al mar o de las calles asfaltadas a los senderillos aldeanos, porque la aguja de cualquier emoción correrá fatalmente por las rayitas de su alegría o de su desgracia y sonará la canción de siempre. Si esos hombres se asoman a la fraga, piensan que el aire es bueno de respirar, o en cuánto dinero producirá la madera, o en la dulzura de pasear entre la sombra verde con su amada, o en devorar una comida sobre el musgo, cerca del manantial donde pondrían a refrescar las botellas. Nada más pensarían, y en nada de ello estaría la fraga, sino ellos. ¡Triste obsesión que hace tan pequeños los horizontes de la vida como el redondel de un disco! ¡Yo, yo, yo!, va raspando la aguja hasta ese final que copia tan bien los estertores humanos.

Éste es el libro de la fraga de Cecebre. Si alguno de esos hombres llega a hojearlo, ¿podrá encontrar la ternura un poco infantil necesaria para gustar sus historias?

Pero también hubo en la fraga un personaje solemne, con alma desdeñosa y seca.
Veréis:
Los árboles tienen sus luchas. Los mayores asombran a los pequeños, que crecen entonces con prisa para hacerse pronto dueños de su ración de sol, y al esparcir las raíces bajo la tierra, hay algunos quizá demasiado codiciosos que estorban a los demás en su legítimo empeño de alimentarse. Pero entre todos los seres vivos de la fraga son los más pacíficos, los más bondadosos, los que poseen un alma más sencilla e ingenua. Conviene saber que carecen absolutamente de vanidad. Nacen en cualquier parte e ignoran que sólo por el hecho de crecer allí, aquel lugar queda embellecido. No se aburren nunca porque no miran a la tierra, sino al cielo, y el cielo cambia tanto, según las horas y según las nubes, que jamás es igual a sí mismo. Cuando los hombres buscan la diversidad, viajan. Los árboles satisfacen ese afán sin moverse. Es la diversidad la que se aviene a pasar incesantemente sobre sus copas...

...Un día llegaron unos hombres a la fraga de Cecebre, abrieron un agujero, clavaron un poste y lo aseguraron apisonando guijarros y tierra a su alrededor. Subieron luego por él, prendiéronle varios hilos metálicos y se marcharon para continuar el tendido de la línea.

Las plantas que había en torno del reciente huésped de la fraga permanecieron durante varios días cohibidas con su presencia, porque ya se ha dicho que su timidez es muy grande. Al fin, la que estaba más cerca de él, que era un pino alto, alto, recio y recto, dijo:
—Han plantado un nuevo árbol en la fraga...

sábado, 18 de diciembre de 2010

Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar

Marguerite Yourcenar, (Bruselas, Bélgica, 8 de junio de 1903 – Northeast Harbor, Mount Desert Island, Estados Unidos, 17 de diciembre de 1987), fue una novelista, poeta, dramaturga y traductora francesa.

Marguerite Cleenewerck de Crayencour nació en Bruselas (Bélgica) y fue educada por su padre en una finca en el norte de Francia. Su madre murió a los 10 días de su nacimiento por complicaciones en el parto. Su padre provenía de una familia aristocrática francesa y su madre era belga. Se crió en la casa de su abuela paterna. Yourcenar leía a Racine y a Aristófanes a la edad de ocho años. Su padre le enseñó latín a los 10 y griego clásico a los 12.

A partir de 1919, abandona su nombre de pila y empieza a firmar como Marguerite Yourcenar. Su primera novela Alexis fue publicada en 1929. Su mejor amiga en ese momento, una traductora llamada Grace Frick, la invita a Estados Unidos, donde dará clases de Literatura comparada en la ciudad de Nueva York. Yourcenar era bisexual[1] y ella y Frick se harán amantes en 1937 y seguirán juntas hasta la muerte de Frick en 1979 a consecuencia de un cáncer de mama.

En 1951 publica en Francia la novela Memorias de Adriano (en francés Mémoires d'Hadrien), en la que estuvo trabajando durante una década. La novela fue un éxito inmediato y tuvo una gran acogida por parte de la crítica.

Fue la primera mujer elegida miembro de la Academia francesa en 1980, aunque desde 1970 ya pertenecía a la Academia belga. Una de las más respetadas escritoras en lengua francesa, tras el éxito de Memorias de Adriano, siguió publicando novela, ensayo, poesía y tres volúmenes de memorias.

Yourcenar vivió la mayor parte de su vida en su casa Petite Plaisance, en Mount Desert Island, en el estado de Maine. La casa es ahora un museo dedicado a su memoria.

fuente: Wikipedia


Obscurum per obscurius
Ignotum per ignotius.

Divisa alquímica.


A lo oscuro, por lo más oscuro;
a lo desconocido, por lo más desconocido.



...El canónigo Bartholommé Campanus, acostumbrado a no exigir de las almas más de lo poco que podían dar, no desaprobaba aquella tosca cordura. Aquel día, los segadores habían visto a una bruja meando maliciosamente en un campo, para conjurar la lluvia sobre el trigo ya casi podrido por insólitos chaparrones.

La habían arrojado al fuego sin más proceso. Se mofaban de aquella sibila que creía tener poderes sobre el agua y no había podido resguardarse de las brasas. El canónigo explicaba que el hombre, al infligir a los malvados el suplicio del fuego, que sólo dura un momento, no hacía sino regirse por la conducta de Dios, que los condena al mismo suplicio,
pero eterno.

Aquellas palabras no interrumpían la copiosa colación de la noche; Jacqueline, acalorada por el verano, gratificaba a Zenón con sus carantoñas de mujer honesta. La gruesa flamenca, embellecida por su parto reciente, orgullosa de su tez y de sus manos blancas, conservaba una exuberancia de peonía. El sacerdote no parecía darse cuenta ni del corpiño entreabierto, ni de los mechones rubios que rozaban la nuca del joven clérigo, inclinado sobre la página de un libro antes de que trajeran las lámparas, ni del sobresalto de cólera del estudiante que despreciaba a las mujeres. En cada persona perteneciente al sexo femenino, Bartholommé Campanus veía a María y a Eva a un tiempo, a la que derrama, para salvación del mundo, su leche y sus lágrimas, y a la que se abandona a la serpiente.

Bajaba los ojos sin juzgar. Zenón salía, caminando con paso ligero. La terraza rasa, con sus árboles recién plantados y sus pomposas rocallas, pronto dejaba lugar a los prados y tierras de labor. Una aldea de casas con tejados achaparrados se ocultaba bajo el cabrilleo de los almiares. Mas ya había pasado el tiempo en que Zenón podía tumbarse cerca de las hogueras de San Juan, al lado de los campesinos, como antaño hacía en Kuypen, en la noche clara que abre el verano. Tampoco en las noches frías
le hubieran cedido un sitio en el banco de la fragua en donde unos cuantos rústicos, siempre los mismos, se apiñaban al buen calor, intercambiando noticias, entre el zumbido de las últimas moscas de la temporada.

Todo ahora lo separaba de ellos: la lenta jerga pueblerina, sus pensamientos apenas menos lentos y el temor que les inspiraba un muchacho que hablaba latín y leía en los astros. En algunas ocasiones, arrastraba a su primo y ambos corrían sus aventuras nocturnas. Bajaba al patio, silbando bajito para despertar a su compañero. Henri-Maximilien saltaba por el balcón, aún entorpecido por el sueño profundo de la adolescencia, oliendo a
caballo y a sudor tras las volteretas de la víspera. Mas la esperanza de topar con alguna moza que se dejara revolcar a orillas del camino o con el vino clarete que bebían a traguitos cortos en la posada, en compañía de algún carretero, pronto conseguía espabilarlo.

Los dos amigos se adentraban por tierras de labor, ayudándose uno a otro a saltar las cunetas, y se dirigían hacia la fogata de un campamento de gitanos o hacia la luz rojiza de una taberna distante. Al volver, Henri-Maximilien se jactaba de sus hazañas; Zenón callaba las suyas.

La más tonta de aquellas aventuras fue una en que el heredero de los Ligre se introdujo de noche en la cuadra de un tratante de caballos de Dranoutre y pintó dos yeguas de color de rosa; su propietario, al día siguiente, las creyó embrujadas. Un buen día se descubrió que Henri-Maximilien había gastado, en una de aquellas correrías, unos ducados que le había robado al grueso Juste: medio en broma, medio en serio, padre e hijo llegaron a las manos. Los separaron igual que se separa a un toro de su torillo cuando se embisten uno a otro en el cercado de una hacienda.

Pero lo más corriente era que Zenón saliera solo, al alba, con sus tablillas en la mano. Se alejaba por el campo, a la búsqueda de no se sabe qué clase de conocimientos...

jueves, 2 de diciembre de 2010

Me llamo Manuel Mora de Antonio Lería y Francisco Eslava

Poner orden en el rompecabezas de la azarosa vida de Manuel Mora Torres no ha sido nada fácil; pero una vez conseguido el objetivo, el personaje, que nos deja profunda huella, se asoma ahora a la intimidad del lejano lector con un susurro de serena libertad para dar nueva luz a una existencia y, dentro de ella, para despejar algunas incógnitas del pasado reciente que marcó a España de una manera despiadada.

En este reencuentro con la desgraciada infancia, con la revolucionaria juventud y amistosa e incomprendida vejez, nuestro personaje no dejó de ser aquel torbellino libertario que siguió buscando la verdad hasta el final de sus días. Será, pues, el lector el que encontrará probablemente en Manuel Mora al protagonista de un guión cinematográfico o de una leyenda ideológica. O tal vez, un españolito machadiano, un rebelde sin causa… o todo a la vez. Porque, nuestro burgueño, carmonense, hispano-venezolano… dejó su legado para compartir sinceras y eternas amistades. Así, descubriréis, al huérfano explotado como todo ser viviente de la Baja Andalucía de los terratenientes; la lucha del campesinado andaluz por la subsistencia contra el hambre y la muerte; la rebeldía de la juventud libertaria ante la tiranía de la burguesía caciquil; la hora de elegir entre esclavitud o libertad y revolución; la lucha a muerte en las barricadas en defensa de la II República; la estrategia de la guerrilla anarquista contra el fascismo; la entrega total de la milicia confederal y libertaria por la revolución y la democracia; las vivencias del frente como mando en el ejército popular; las incógnitas de traiciones.....





...Mi trayectoria de lucha desde los orígenes, lo mismo como afiliado a la juventud de UGT por aval de Wenceslao Carrillo en los días de Primo de Rivera que a la CNT tras la proclamación de la república, fue siempre intachable y fiel a los postulados recogidos en los respectivos carnets. Mis sentimientos y criterios contrarios a los comunistas en la guerra vinieron con la lectura de artículos de prensa y libro de luchadores socialistas y de libertarios como el novelista Ramón J. Sender, que fue corresponsal de El Sol en Rusia y volvió con información clarividente de cómo iban allí las cosas.

Y también por contraste con el talante de comunistas de anteguerra como el recordado Ramón Casanellas, huido de España por su implicación en un atentado importante y refugiado en Rusia, que volvió clandestinamente en calidad de secretario de la Internacional Comunista con motivo de un pleno de su partido celebrado en Sevilla en 1932, siendo detenido cuando repostaba en su coche y retenido en la cárcel de Carmona mientras duró la reunión. Queriendo el azar que lo encerraran en la capilla de la prisión junto a doce cenetistas que estábamos allí por alborotadores y que, para mi suerte, le tocara un jergón a mi lado, porque era Ramón un hombre preparado y con mundología. Sin duda, el sindicalista mas culto de cuantos he conocido en mi vida, y no han sido pocos. Como profesor no tenia precio, y le preguntamos sobre cuanto ignorábamos y sobre cuanto conocíamos de los comunistas, informándonos pacientemente de lo sucedido en Rusia antes, durante y después de la revolución bolchevique, incluida la sublevación de los marinos en Kronstadt, sobre la situación del pueblo y de los lideres soviéticos, y hasta de los altibajos de su propia vida en Rusia. Era tan habilidoso que nos pintó en la pared el retrato del anarquista Soler, muerto a bordo del buque que lo llevaba deportado con un ciento de libertarios a Villa Cisneros.

Desde el golpe de estado militar estuvo en la lucha, conocí frentes de sur a norte, mande batallones, brigadas, divisiones, recibí halagos y aguanté vejaciones. Y después he leído sobre la guerra civil española en varios idiomas y he visto documentales en distintos países, encontrando aciertos y errores, trabajos prendidamente asépticos, partidarios y manipulaciones descaradas, autores honestos y falsarios.

En cuanto a Málaga hay quienes hablan del envío de brigadas mixtas y de ingentes cantidades armas ligeras y pesadas. Si embargo, el teniente coronel de aviación y comandante de aquel frente, Luís Romero Bassart, visitó Madrid varias veces y consiguió que le mandaran unos 800 hombres de los 4.000 prometidos, 1.000 fusiles y millón y medio de balas. Lo sé porque me hice cargo de todo ello. Si bien luego recibió el apoyo de una escuadrilla de aviación rusa mientras que no hizo falta en Madrid y más tarde, cuando la plaza estuvo perdida, tuvo la ayuda de dos batallones procedentes de Valencia.

En los demás frentes en que estuve jamás me auxiliaron aviones, tanques, artillería ni nada de nada y, según mis noticias, le ocurrió prácticamente lo mismo al resto de las unidades comandadas por confedérales, socialistas, carabineros – caso de la brigada 173º del teniente coronel Cedillo – y cualquier otras que no fueran de la orbita comunista. El material pesado que llegaba procedente de la Unión Soviética era para los comunistas o filocomunistas. Ellos y solo ellos estaban “capacitados” para manejarlos…


jueves, 18 de noviembre de 2010

Narciso y Goldmundo de Herman Hesse

Hermann Karl Hesse nació en Calw, localidad ubicada en Baden-Wurtemberg, donde transcurrieron los tres primeros años de su vida (hasta 1880) y tres años de colegio (1886 a 1889). Descendiente de misioneros cristianos, la familia tuvo desde 1873 una editorial de textos misioneros dirigida por el abuelo materno de Hesse, Hermann Gundert. Fue hijo de Marie Gundert nacida en Basilea, (Suiza), en 1842 y de Johannes Hesse, nacido en 1847, hijo de un médico originario de Estonia. Tuvo cinco hermanos de los que dos murieron prematuramente...seguir leyendo...

Narciso es un novicio, un monje, dotado del conocimiento de una amplísima sabiduría humana. Diligente y contemplativo, amante del griego clásico y de las ciencias; una persona enteramente espiritual y consagrada con unción a la vida religiosa. Aun siendo muy joven ha sido designado como asistente de griego en la escuela del monasterio de Mariabronn, lugar al que en cierto día arriba un nuevo alumno: Goldmundo. Poco a poco, en sesiones de lenta y mesurada aproximación, Narciso, con sensibilidad y prudencia, mostrará a este muchacho su camino, que no era el que otros —su padre— habían conformado y prediseñado para él.

Goldmundo, en la polaridad, representará el espíritu sensible del artista, con una gran capacidad de amar y de conmoverse ante los eventos de la vida. Durante su periplo vital afrontará innumerables aventuras y tropezará con la diversidad de todo tipo de realidades, entre las cuales y no como cosa menor, está la muerte, que se le ha de presentar en una multiplicidad de rostros. Con una sola mirada entrañable logra capturar el corazón de las mujeres elegidas. Encarna ante nuestra mirada el espíritu del vagabundo, y sobre todo del artista creador, que es herencia de su madre, a la que persigue encontrar en las tinieblas de su inconciente. Esta meta, y no otra, será el cometido de su vida entera. Pero en ese largo y a veces tortuoso peregrinaje en busca de sí, jamás se olvidará del amigo más amado, Narciso, constantemente presente en sus pensamientos.

fuente: Wikipedia


...—¡Mañana, Julia, mañana!
Lidia estaba en camisa y descalza; en el pavimento de piedra los dedos de los pies se le encorvaban de frío. Alzó del suelo el manto de Julia y se lo echó a la hermana sobre los hombros con un gesto doliente y humilde, que ésta no dejó de advertir, a pesar de la oscuridad, y que la llenó de emoción y la desenojó. Las dos salieron sigilosamente de la estancia y se alejaron. Lleno de sentimientos en pugna, Goldmundo las siguió con el oído y respiró con alivio cuando en la casa volvió a reinar un silencio sepulcral.

De aquella singular y antinatural entrevista pasaron los tres jóvenes a una meditativa soledad, pues tampoco las hermanas, después de llegar a su dormitorio, se pusieron a conversar, sino que cada una permanecía despierta en su cama, solitaria, callada y altiva. Un espíritu de infortunio y antagonismo, un demonio de insensatez, aislamiento y confusión del ánimo parecía haberse adueñado de la casa. Goldmundo no se durmió hasta la medianoche, y Julia hasta la madrugada. Lidia seguía despierta y afligida cuando sobre la nieve apuntó el día pálido. Levantóse en seguida, se vistió, permaneció un buen rato rezando de rodillas ante su pequeño Cristo de madera, y tan pronto como percibió en la escalera los pasos de su padre, fue junto a él y le dijo que quería hablarle. Sin tratar de distinguir entre su preocupación por la doncellez de Julia y sus celos, había decidido poner término a aquel asunto. Todavía continuaban durmiendo Goldmundo y Julia, cuando el caballero sabía ya todo lo que Lidia había estimado oportuno comunicarle. La participación de Julia en la aventura se la había callado.

Al presentarse Goldmundo en el gabinete de estudio, a la hora acostumbrada, vio que el caballero, a quien de ordinario encontraba en pantuflas y sayo afelpado, entregado a sus papelotes, calzaba botas, vestía jubón y llevaba la espada ceñida, y comprendió incontinenti lo que aquello significaba.

—Ponte la gorra —dijo el caballero—. Tenemos que ir a alguna parte.

Goldmundo cogió la gorra del clavo en que estaba colgada y, en pos de su patrón, bajó la escalera, cruzó el patio y franqueó el portón. Las suelas de sus zapatos crujían sonoras en la nieve ligeramente helada; en el cielo quedaban aún algunos arreboles del alba. El caballero marchaba delante, en silencio; el joven le seguía, volviendo repetidamente la mirada hacia el patio, hacia la ventana de su cuarto, hacia el pino tejado cubierto de nieve, hasta que todo se hundió y no fue posible ver nada más. Nunca volvería a ver ...


martes, 2 de noviembre de 2010

La bodega de Vicente Blasco Ibáñez

Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 29 de enero de 1867 - Menton (Francia), 28 de enero de 1928) fue un escritor, periodista y político español.

Hijo de Ramona Ibáñez y del comerciante Gaspar Blasco. Cursó los estudios de derecho, en la Universidad de Valencia, años en los que pertenecio a la Tuna, licenciándose en 1888, a pesar de que prácticamente no ejerció dicha carrera. Dividió su vida entre la política,el periodismo, la literatura y el amor a las mujeres, de las que era un admirador profundo, tanto de la belleza física como de las características psicológicas de éstas. Se definía como un hombre de acción, antes que como un literato. Escribía con inusitada rapidez. Entusiasta de Miguel de Cervantes en torno a la historia y la literatura españolas. Años después, cansado de su vida de colonizador en la que cosechó grandes fracasos, Vicente Blasco Ibáñez, uno de los novelistas más famosos de aquel cambio de siglo, marchó a París, coincidiendo con el inicio de la Primera Guerra Mundial...seguir leyendo...

Fuente:Wikipedia


La novela La bodega fue escrita entre diciembre 1904 y febrero 1905 y aunque este tiempo se ubica en la mitad de la época más productiva del autor, la novela no ha recibido mucha atención crítica, la acción de La bodega ocurre en los últimos años de los 1880 hasta el invierno de 1892, en lo cual ocurrió la revuelta sangrienta en Jerez descrita en el noveno capítulo.

....A media tarde llegaron los primeros grupos de trabajadores al inmenso llano de Caulina. Presentábanse como negras bandadas, saliendo de todos los puntos del horizonte.

Unos bajaban de la serranía, otros venían de los cortijos del llano, o de las tierras situadas al otro lado de Jerez, llegando a Caulina después de rodear la ciudad. Los había de los confines de Málaga y de la vecindad de Sanlúcar de Barrameda. El aviso misterioso había volado de los ventorros a los ranchos, por toda la extensa campiña, y cuantos trabajaban en ella acudían presurosos, creyendo llegado el momento de la venganza.

Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres estaba próximo, y la ciudad blanca y risueña, la ciudad de los ricos, con sus bodegas y sus millones, iba a arder, iluminando la noche con el esplendor de su ruina.

Se agrupaban los recién llegados a un lado del comino, en la llanura cubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella retirábanse hacia el fondo, como asustados por esta mancha negruzca, que crecía y crecía, alimentada incesantemente con nuevos grupos.

Toda la horda de la miseria acudía a la cita. Eran hombres tostados, enjutos, sin la más leve ondulación de grasa bajo la lustrosa epidermis. Fuertes esqueletos acusando tras la piel de tirante rigidez, sus aristas salientes y sus oquedades oscuras. Cuerpos, en los que era mayor el desgaste que la nutrición, y la ausencia de músculos estaba suplida por los manojos de tendones engruesados por el esfuerzo.

Se cubrían con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que esparcían un olor de miseria, o tiritaban, sin más abrigo que un chaquetón haraposo. Los que habían salido de Jerez para unirse a ellos, se distinguían por sus capas, por su aspecto de obreros de ciudad, más próximos en sus costumbres a los señores que a la gente del campo.

Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e incoloros otros, con alas caídas y bordes de sierra, cubrían unos rostros en los que se mostraba toda la gradación del gesto humano, desde la indiferencia abobada y bestial, a la acometividad del que nace bien preparado para la lucha por la vida.

Aquellos hombres recordaban lejanos parentescos animales. Unos tenían la faz prolongada y ósea, con grandes ojos bovinos y el gesto dulce y resignado: eran los hombres-bueyes deseosos de tenderse en el surco, para rumiar sin la más leve idea de protesta, con inmovilidad solemne. Otros mostraban el hocico elástico y bigotudo, los ojos de reflejo metálico de los felinos: eran los hombres-fieras, que se estremecían, dilatando sus narices, como si percibiesen ya el olor de la sangre. Y los más, de cuerpo negro y miembros retorcidos y angulosos como sarmientos, eran los hombres-plantas unidos para siempre a la tierra de donde habían surgido, incapaces de movimiento y de ideas, resignados a morir en el mismo sitio, nutriendo su vida buenamente con lo que desechasen los fuertes.

La agitación de la rebeldía, el apasionamiento de la venganza, el egoísmo de mejorar su suerte, parecían igualarlos a todos, con una semejanza de familia. Muchos, al abandonar su vivienda habían tenido que arrancarse de los brazos de sus mujeres, que lloraban presintiendo el peligro, pero al verse entre los compañeros, erguíanse arrogantes, mirando a Jerez con ojos bravucones, como si fueran a comérsela.

—¡Vamos!—exclamaban.—¡Que da ánimo ver tantos probes juntos, dispuestos a hacer una hombrada!...

Eran más de cuatro mil. Al llegar una nueva banda, sus individuos, embozándose en las mantas haraposas para dar mayor misterio a la pregunta, se dirigían a los que aguardaban en el llano.

—¿Qué hay?...

Y los que oían la pregunta parecían devolverla con la mirada. «Sí; ¿qué hay?» Todos estaban allí, sin saber por qué, ni para qué; sin conocer con certeza quién era el que los convocaba.

Había circulado por el campo la noticia de que aquella tarde, al anochecer, sería la gran revolución, y ellos acudían exasperados por las miserias y persecuciones de la huelga, llevando en la faja una pistola vieja, las hoces, las navajas o las terribles podaderas, que de un solo revés podían hacer saltar una cabeza.

Llevaban algo más: la fe que acompaña a toda muchedumbre en los primeros momentos de rebeldía, la credulidad, que la hace entusiasmarse con las más absurdas noticias, exagerándolas cada cual por su cuenta para engañarse a sí mismo, creyendo que fuerza a la realidad con el peso de sus disparatadas invenciones....